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Ecuador: La sentencia de Javier Ramírez sentó un precedente en el valle de Íntag

La sentencia a 10 meses de prisión del dirigente antiminero de Íntag Javier Ramírez sentó un precedente.

 

Es el primer habitante de esa zona que cumple una condena por rebelión, los últimos siete años, según informes del Instituto Regional de DD.HH. (Inredh) y la Comisión Ecuménica de DD.HH. (Cedhu).

 

Ramírez fue liberado el 10 de febrero pasado del Centro de Rehabilitación Social de Ibarra. Allí estuvo detenido desde el 10 de abril de 2014.

 

Él vive a un costado de la plaza central de Junín, una comunidad de Íntag, una región de bosques nublados y fincas, rica en biodiversidad, con una extensión de 2 200 km2 en el noroccidente (cantón Cotacachi, provincia de Imbabura).

 

Ramírez, quien fue enjuiciado por agredir a personal y bienes de la Enami, está casado con Ileana Torres y tiene cuatro hijos, todos menores de edad.

 

Mientras estuvo preso, su hijo de 17 años y su esposa lo reemplazaron en sus labores de jornalero en una finca de la zona donde siembran café. “Mi esposo ganaba el básico (USD 365), en la finca nos siguieron pagando lo mismo. Nos encargábamos de sacar la yerba mala y cosechar, que es lo más difícil. Eso nos ayudó a mantenernos”.

 

Durante su encarcelamiento, muchas cosas cambiaron en Junín. “Mi comunidad hoy está fracturada –comenta- ya no es la misma que defendía abiertamente la naturaleza de la explotación minera. Ahora hay otro grupo que se formó y apoya el proyecto Llurimagua, que impulsa la Enami, Empresa Nacional Minera, con la compañía estatal chilena Codelco”.

 

Los diez últimos meses esta zona ha estado bajo vigilancia policial. Grupos de uniformados patrullan a caballo sus intrincados senderos para evitar que los lugareños impidan el trabajo de exploración que realizan los funcionarios de la Enami.

 

En este lapso las autoridades difundieron las bondades de la “minería responsable”. Además, realizaron asambleas en varias localidades, que ven en la minería una alternativa para mejorar sus condiciones de vida, especialmente dotarles de servicios como agua potable, escuelas, centros médicos.

 

La obra más visible, por el momento, es un estrecho acceso de 1,50 metros de ancho, que construyen obreros, 300 metros antes de llegar a Junín. Conduce hasta el sitio donde se construirán las plataformas de perforación para verificar la existencia de cobre.

 

Según estimaciones, los yacimientos del subsuelo de Íntag contienen 318 toneladas de mina de cobre; unas 2,26 toneladas de cobre puro.

 

Pese a que fue condenado, Ramírez mantiene colocada en la parte frontal de su vivienda una pancarta que dice: “Hoy, mañana y siempre defenderemos nuestro territorio”. “En el centro de detención de Ibarra viví una pesadilla, pero seguiré en esta lucha para defender nuestra tierra, el agua… es la única herencia para mis hijos”, comenta Ramírez, mientras reconoce apesadumbrado que entre quienes apoyan el proyecto también están algunos de sus primos y tíos.

 

Ramiro Román, abogado de Ramírez, considera que en este caso el derecho penal sirvió para amedrentar al resto de la comunidad.

 

La oposición de los moradores de Junín a la minería se remonta a inicios de los 90, cuando Bishimetals realizó las primeras exploraciones de minerales. Desde esa época las comunidades locales se organizaron y crearon frentes en contra de la minería, con el apoyo de redes ambientalistas internacionales.

 

Precisamente, a fines de enero una misión de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH) estuvo en el país para verificar los casos denunciados de supuesta criminalización. Incluso, participaron en una audiencia celebrada en el juicio contra Ramírez, y solicitaron su absolución.

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